La «conexión» de Valladolid con el indie español

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Conexión Valladolid
(Foto de Conexión Valladolid)

(Por @rafavega_, editor de @8como80)

En los últimos tiempos, elijo los festivales en función de la experiencia que me puedan ofrecer: además de su cartel (que es, lógicamente, el principal atractivo), busco un plus que lo diferencie de los demás. Así que, aprovechando que «el Pisuerga pasa por Valladolid» (nunca mejor dicho), me embarqué en un fin de semana castellano en la capital pucelana para ir al Conexión. Y eso, inevitablemente, tiene mucho que ver con lo gastronómico y con los blancos de Rueda. Eso sí, la ingesta de estos caldos, con moderación, para no inferir en la percepción de lo que pasó en el Pinar de Antequera, la Antigua Hípica de Valladolid. Gastronomía y música, es la «conexión» de Valladolid con el indie español.

Los primeros sonidos que nos llegaron (por cuestiones del desplazamiento no pudimos estar antes para ver a Vila Chinaski y Guitarricadelafuente) fueron los de Anni B Sweet. La malagueña defendía por primera vez en un festival los temas de su nuevo disco , y también estrenaba super banda, con los «rufus» Víctor Cabezuelo a los teclados y Julia Martín-Maestro a la batería. «Universo por estrenar» tiene hitazos y estamos seguros de que este verano golpearán a más de uno, pero el viernes Anni no estuvo cómoda. Ni por los monitores (que también pusieron en más de un apuro a Pucho de Vetusta Morla, como después contaremos), ni por el sol que le pegaba de plano, ni por el público que ocupaba las primeras filas y estaban más pendientes de la cuenta atrás para ver a su idolatrada Amaia. Aún así, se defendieron correctamente y nos hacen atisbar esperanzas de que esta banda va a tener pegada en los próximos bolos en cuanto solventen estas cuestiones.

Miles de jóvenes estaban esperando, muchas de ellas junto a sus madres, a las 9 de la noche para que apareciera Amaia. Está claro que la navarra atrae masas por su aparición en Operación Triunfo. Pero no se la ve del todo cómoda con este público, a tenor del repertorio que está elaborando, mucho más maduro que sus fans. Amaia canta bien, toca el piano y la guitarra y tiene esa dulzura que la convertirán en una estrella por encima de quienes corean ahora sus canciones.

El cartel colocó seguidas a propuestas tan dispares como Rozalén, Green Valley y SFDK, momento que muchos aprovecharon para cumplir con ciertas necesidades básicas, y eso se notó en las largas colas en los food-trucks y en los baños. Hubo que esperar a casi las 3 de la mañana para ver a Carolina Durante. Pero «lo» de estos chicos hace que merezca la pena aguardar hasta esas horas bajo el frío pucelano. Diego Ibáñez y sus huestes están pletóricos, y lo saben. Tienen confianza, actitud y un buen puñado de himnos que diseminan por el repertorio para que el bostezo a esas horas no sea una opción. Si a eso añadimos la aparición de Amaia (que prácticamente es ya una más de la banda) cantando «Perdona» y el excelente sonido que está siendo capaz de sacar Carlos Hernández-Nombela desde la mesa, la zurra está asegurada.

Vetusta Morla, canciones para dar y tomar

El sábado, después de dar cumplida cuenta de los manjares gastronómicos de la tierra (recuerdo que también habíamos venido a eso), empezó con 3 propuestas que nunca fallan, como Carmen Boza, Ángel Stanich o Depedro. Pero se topó con el coitus interruptus de Beret, aprisionado como el pepinillo de un sandwich entre Jairo Zavala y Vetusta Morla.

Conexión Valladolid
(Foto de Conexión Valladolid)

Los de Tres Cantos son cabeza de cartel allá donde vayan este verano, y eso se notó tanto en la asistencia como en que subieron la media de edad respecto a su antecesor. Tienen canciones para dar y tomar, son unos enormes profesionales sobre el escenario y llevan un show que apenas les cabe en un trailer. A pesar de los referidos problemas que tuvo Pucho con los monitores, que le llevaron incluso a tener que parar el bolo, los «vetusta» cumplieron durante hora y media llevando al éxtasis colectivo con la épica «Los días raros».

Tomaron el relevo los chicos de La M.O.D.A., que prácticamente jugaban en casa. Los burgaleses, a base de curro, se han ganado el derecho a tocar de noche en algunos festivales. Y su propuesta folk ha enganchado a la gente. Si a alguien le quedaban energías, Kitai terminaron por exprimirlas. Y Abraham Boba, de León Benavente, se encargó de cerrar la noche con su DJ set. A esas horas, ya habíamos saciado nuestro apetito musical y también el gastronómico. Misión cumplida.

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