Más «mad» y menos «cool»

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Mad Cool(Por @rafavega_, editor de @8como80)

A Mad Cool todos lo esperaban. No para saber lo que podía ir bien, sino para ver qué podía salir mal. Vistos los precedentes, el porcentaje de error era grande. De hecho, durante cada uno de los días del evento (mejor esta etiqueta que festival) madrileño, la noticia era que no había noticia. Y, en Periodismo, cuando eso ocurre (o no ocurre), deja de serlo. Y, mientras tanto, los organizadores seguían con los dedos bien cruzados para que no se les volviera a cruzar el gato negro. Hasta que en la madrugada del sábado al domingo cerraron («por fin», pensaron ellos acompañando esta expresión de un suspiro de alivio) sin incidentes graves.

Si lo analizamos globalmente (algo complicado en estos tiempos de prisas y mensajes instantáneos) quizás la gran clave para que este año todo haya ido rodado tiene un punto de partida: el fracaso. En 2019 han pasado por el recinto de Valdebebas concretamente, 186.000 personas, tal y como han anunciado a bombo y platillo en sus redes sociales. Mucha menos gente que en 2018. Y mucha menos gente que la necesaria para que un cartel de estas dimensiones sea rentable. Ahí precisamente radica el quid de la cuestión: a menor asistencia, lógicamente, mayor comodidad. Si el año pasado las 80.000 personas del primer día hicieron que estar en Mad Cool fuera una experiencia peor que ir a las rebajas el 7 de Enero, esta vez apenas ha habido colas en acceso, restauración o baños.

Ser un festival, más que un evento

Mad CoolQuizás la gran asignatura pendiente de Mad Cool sea ésa: dejar de ser un evento para ser realmente un festival de música. Porque, en determinados momentos, sobre todo al atardecer (cuando hay mejor luz para las fotos de Instagram) hay más gente posando delante de la noria que en los escenarios. Ésta es, quizás, la gran contradicción de Mad Cool: un cartel con una programación más que interesante, pero que no interesa a un amplio porcentaje del público que acude.

Resulta llamativo, pues, tener a los tan minimalistas Bon Iver en un evento hiperbólico. Más aún cuando, como cabeza de cartel del jueves, están programados a una hora más propia del jolgorio que de la introspección que proponen Justin Vernon y los suyos. Noel Gallagher y sus High Flying Birds permitieron que los ingleses que acuden en peregrinación cada vez que uno de los ex Oasis sale al escenario convirtieran la pradera de Valdebebas en su Magaluf particular. Eso sí, el hermano mayor tuvo que tirar de clásicos como «Wonderwall» o «Don’t look back in anger» para que la noche terminara por convertirse en un karaoke. A esas horas, los outfits más rompedores iban de vuelta a casa y ya empezaban a poder verse, incluso, camisetas del Decathlon.

Un super viernes non-stop

Este engendro de Coachella es como Halloween para los americanos: resulta incómodo, pero hay que estar casi por obligación. Sólo así se explica que muchos influencers acudieran el viernes a su cita con la foto con el calor que hacía. Gracias a que la organización tiene plantada una alfombra verde de césped artificial, que permite a los instagramers acomodarse relajadamente en el suelo sin que el modelito de turno se ensucie demasiado. Ya lo dijo Sharon Van Etten, chapurreando un español bastante decente: «sabemos que hace calor, así que os agradezco que estéis aquí». Como muestra de su gratitud, estrenó canciones ese folk tan dulce como una cortina de terciopelo. La tarde se fue calentando todavía más con la aparición de Miles Kane. Sólo alguien con una actitud como la suya puede salir a un escenario con un sombrero naranja y que nos fijemos más en sus canciones. Al histriónico inglés le acompaña a la batería la casi tan gesticulante Victoria Smith, que golpea a los timbales como si fuese el Apocalipsis.

El Juicio Final estuvo a punto de llegarle a Matt Berninger poco después. El frontman de The National, uno de los cabezas de cartel de este calurosísimo viernes, se bebió hasta el agua de los floreros. Y, claro, estuvo más suelto que de costumbre. Jugueteó con las cámaras, bajó al foso, se mezcló con el público… Y todo, sin perder las gafas. El que no pierde la compostura, pase lo que pase, es Billy Corgan. Ataviado con una túnica más propia de finales de Enero en Copenhague (no sabemos cómo aguantó los 30 grados a esa hora de la noche vestido de esa guisa), repasó los éxitos de Smashing Pumpkins en un revival noventero que dejó a todos satisfechos. El único toque nacional en escenario grande llegó con Vetusta Morla. Los de Tres Cantos jugaban en casa, y lanzaron algún que otro guiño a sus paisanos en forma de darditos al nuevo alcalde y a su política de cerrar Madrid Central. Además, reclamaron precisamente más bandas españolas (Delaporte o Cariño fueron de las pocas en cartel). La escasa presencia de producto patrio les impidió, sin ir más lejos, desarrollar el medley con canciones de otras bandas que llevan haciendo durante esta gira de festivales.

La traca final del sábado

Mad CoolSi aún quedaban fuerzas después de 2 días intensos de festival, el sábado traía la gran traca final. Que empezó a prender mecha con una leyenda como Johnny Marr, fue ardiendo con la aspirante a diva Jorja Smith, y terminó explotando con el extenso concierto de The Cure. Dos horas que fueron todo un regalo para sus fans más acérrimos, y también una invitación para que a los demás nos diera tiempo a darnos un paseo para ver un rato a The 1975. Cuando volvimos al escenario principal, aún estuvimos a tiempo del encore. De hecho, gente que ha pasado esta tarde por Valdebebas dice que Robert Smith sigue allí tocando (guiño, guiño).

Artísticamente, con todos estos nombres, es difícil mejorar a Mad Cool. Que, además, tiene un gran fondo de armario en los escenarios más pequeños (por allí pasaron propuestas tan interesantes como The Hives, Wolfmother, Mogwai o Greta Van Fleet) para saciar todo tipo de gustos. Eso sí, un cartel con tantos y tan buenos nombres es difícil de amortizar. Para ello, hay que vender muchos abonos. Y, cuando lo hicieron, fue un desastre. Por eso, este festival debe encontrar el complicado equilibrio entre comodidad y gustos musicales. Quizás eso no genere tantos likes en Instagram, pero sí permitirá que miremos más a los artistas y menos a la noria. Y, para eso, tendrá que ser más «mad» y menos «cool».

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