La vida es un festival

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Sonorama(Por @rafavega_, editor de @8como80)

Nunca falla: cierras la maleta el viernes y todo cabe perfectamente ordenado, limpio, pulcro… La abres el domingo por la tarde y hay polvo, tierra, incluso barro. En ese momento, esbozas esa sonrisa como de que «todo ha ido bien». Y así, muchos fines de semana. Y así, 11 fines de semana en apenas 4 meses. Lo que significa que 1 de cada 2 he estado de festival. En total, 27 días. O sea, casi un mes completo de este 2019 me lo he pasado entre escenarios, fosos y camerinos. Si sumamos todos los kilómetros recorridos, 9.300, podría ir y volver a Moscú en coche. Puestos a calcular, menos mal que no he contado todos los tokens que me han sobrado, porque me podría comprar un festival para mí solo.

Esto no se trata de ir a escuchar música. Esto es una forma de vida. Se trata de convivir, de compartir, de reír, de cantar, de bailar, de besar, de besar, de besar… Pero, para que eso ocurra, se trata también de una logística y una operativa que alcanza en ocasiones el nivel de una agencia de viajes: porque tienes que organizar traslados, estancias, pedir días en el trabajo, organizar vacaciones, ajustarlas a tu gente. En definitiva, una labor de orfebrería que se va perfeccionando con los años. Y éste que ahora resumo hemos estado de 10.

El verano se cerró justo cuando se acababa el último festival de la temporada. Y, siguiendo las buenas costumbres de estos últimos años, como si de un círculo de eterno retorno se tratara, empieza y termina en el mismo sitio: en Granada. Bueno, en este 2019 no estaba previsto que arrancara en mi ciudad, pero finalmente el destino hizo que así fuera.

11 festivales en 4 meses

Low FestivalEmpecemos desde el principio. Allá por mitad de abril, en Semana Santa, empezaba mi temporada de festivales en el San San. Pero la lluvia provocó que se cancelara (con razones más que justificadas), así que nos quedamos con las ganas de estrenar los conciertos al aire libre. De manera que tuvimos que esperar 3 semanas más para hacerlo, como venía siendo habitual, en el En Órbita, ya en mayo, donde entre otras cosas pudimos ver el regreso de 091 a los escenarios. 2 semanas después caería el Interestelar, que ya empieza a convertirse en un clásico. Ambos ya eran viejos conocidos. En junio llegaría una de las novedades, el Conexión Valladolid, un evento pequeño y bastante manejable que empieza a abrirse paso. Y, para estrenar julio, el Pulpop en Roquetas. Después llegaría uno de los macrofestivales, el Mad Cool, donde influencers y melómanos tuvieron que convivir. Ya de vacaciones, enganchamos varios de los clásicos del calendario, como son el Low Festival de Benidorm (con uno de los carteles más potentes del verano) y el Sonorama de Aranda de Duero (que nunca falla con su Plaza del Trigo). En pleno agosto tuvimos el Cooltural en Almería (con las mejores bandas nacionales), para terminar en septiembre con el Oh, See! malagueño (a pesar de la lluvia) y el Granada Sound.

Lo que le pido a un festival

PortAmérica11 festivales dan para mucho. Personalmente y profesionalmente. No hemos venido a hablar de lo 1º, eso ya lo saben quienes me rodean. Más bien de lo 2º. Dan para saber cómo deben estar organizados, qué hay que mejorar y qué hay que mantener. Al fin y al cabo, un festival es un cachito de tu vida. Y, por tanto, lo que buscamos es que esa experiencia sea lo más grata posible. En mi caso, por orden de importancia, lo que les pido es lo siguiente: que haya buenas bandas (apostando por lo local), que se les escuche bien (no sólo por el sonido, sino por el respeto del público), que no esté masificado y que los escenarios sean de fácil acceso. En definitiva, que sea un evento sostenible.

Y esto no lo hemos visto en todos los festivales a los que hemos asistido. Por eso, en un momento tan crucial como el que estamos viviendo en la industria, con el auge de la escena independiente como si viviéramos una nueva ola, deberíamos no sólo pedir, sino exigir a los promotores que no traten estos eventos como un producto, sino que lo cuiden. En definitiva, estamos hablando de música, de arte. Y con esto no se comercia. Si queremos seguir viviendo esta época dorada, debemos evitar ciertas tendencias como la masificación (con colas imperdonables en barras y baños en algunos casos) o los carteles prácticamente fotocopiados.

Ahora toca resguardarse en los cuarteles de invierno (fue tan largo el duelo que al final…), y no olvidarnos de esas bandas que siguen trabajando golpe a golpe en el local para que les demos una oportunidad en las salas. Si lo hacemos, a algunos de ellos les veremos en la próxima temporada de festivales. Y así, en un bucle perfecto e infinito que no queremos que se acabe. Porque sí, porque esto es la vida. Y la vida es un festival.

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